No existe peor enemigo que un mal consejo: Combatiendo al Terrorismo Islámico.

Recetas inefectivas del pasado y propuestas de cara al futuro

  1. Introducción: Recetas del ayer y del mañana. Del 11/09 al presente

Bomba. Detonación. Muerte. Pánico. Seguridad. Terrorismo. Islam. Estas son palabras que han inundado los medios de comunicación del siglo XXI, en cuyo nacimiento se produce uno de los atentados más importantes de la historia del terrorismo internacional.

El 11 de Septiembre del año 2001 a las 9:00 hs am, dos aviones Boeing 767 comandados por grupos islámicos de Al Qaeda se estrellaban contra las Torres Gemelas ubicadas en el corazón de la ciudad de Nueva York, marcando un antes y un después en la historia de las relaciones internacionales.

A partir de este momento, los escritos sobre terrorismo se hicieron moneda corriente. Por un lado, “hombre bomba” y “mujer bomba” son expresiones brutales en la literatura sobre terrorismo que emerge a principios del siglo XXI. Las palabras “Terrorismo” e “Islam” pasaron a ser prácticamente sinónimos para el común de las personas. El relevamiento histórico de los atentados terroristas sucedidos a lo largo del presente siglo en la política mundial evidencia que la mayor parte de los ataques han tenido un carácter predominantemente islámico, llevados a cabo por grupos radicalizados pertenecientes al movimiento islamista.

Por otro lado, los estudios científicos para combatir el fenómeno tendieron a la elaboración de recetas centradas en instrumentos militares y de inteligencia como medios más efectivos para su erradicación. Los atentados colocaron la prioridad del análisis del terrorismo internacional islámico en las relaciones de fuerza; en los medios militares y de vigilancia como principales orientadores de las decisiones en materia de seguridad internacional. Desde entonces, las ofensivas bélicas a las ciudades islámicas de Medio Oriente han sido una constante que perdura hasta el día de hoy.

Sin embargo, los resultados arrojados no son alentadores. Las recetas que los expertos académicos sugerían adoptar a los funcionarios públicos ubicados en las “cocinas del poder”  no sólo fracasaron, sino que potenciaron el fenómeno. Como una colonia de bacterias en cultivo, el terrorismo internacional se acentuó a nivel global, llegando a manifestarse en una multiplicidad de regiones de Occidente: Nueva York (2001), Moscú (2002), Bali (2002), Madrid (2004), Beslan (2004), Londres (2005), Beirut (2005), Uzbekistán (2005), Noruega (2011), Paris (2015), Paris (2015),  Bruselas (2015), Niza (2016).

¿El remedio ha sido peor que la enfermedad? ¿Porque los estudios para erradicar el terrorismo internacional, desde el 2001 hasta el presente, han arrojado resultados tan pobres?  ¿Será que existe otra receta para pensar el abordaje del fenómeno?

El presente artículo tiene como principal objetivo el de realizar un aporte que nos permita comprender el terrorismo internacional islámico desde un enfoque diferente al tradicional, a partir de la incorporación de un nuevo elemento al análisis. El foco ya no estará puesto en el uso de instrumentos coercitivos, sino en el sistema de creencias de aquello que se pretende combatir. Más específicamente, en conocer las bases ideológico-religiosas del Islam sobre las cuales se sustenta el accionar de los grupos terroristas. Este “nuevo ingrediente” será de utilidad a la hora de considerar la elaboración y puesta en marcha de nuevas recetas para lidiar con el fenómeno de cara al futuro.

 

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II-  Materiales y Métodos: El plomo como ingrediente. Recetas bélicas en foco

Luego de los atentados del 11 de Septiembre del 2001, las universidades y centros de investigación norteamericanos y de varios países europeos se convirtieron en cocinas de elaboración de recetas para dar respuesta a una amenaza que había adquirido, por primera vez en la historia, un carácter global. La mayor parte de las alternativas propuestas por los “chefs” de estas instituciones, académicos especializados y asesores en materia de política exterior, tendieron a centrarse en el uso de la fuerza, aparatos militares y de inteligencia. Los atentados colocaron la prioridad del análisis del fenómeno en las relaciones de fuerza y en los instrumentos militares y de vigilancia como principales orientadores de las decisiones en materia de seguridad internacional.

El informe anual del año 2003 de la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA) establecía que la estrategia de combate del terrorismo internacional islámico tendría como eje rector la derrota de estos grupos radicalizados a partir del bombardeo a sus santuarios, líderes, sistemas de comando, comunicación y control.

Daniel Byman, profesor en Seguridad Internacional en la Universidad de Georgetown y ex asesor de la Comisión de Investigación del 11/9, destacaba a la inteligencia, la seguridad interna y los aparatos militares como los tres elementos más importantes a tener en cuenta a la hora de diseñar una estrategia anti terrorista exitosa, junto con la diplomacia y la reforma democrática.

Maya Arakon, especialista en Relaciones Internacionales de la Universidad de Estambul, señala que los atentados del 11/9 provocaron modificaciones en la estrategia de la Unión Europea de  lucha contra el terrorismo internacional, pasando a ser la “reacción” uno de sus pilares.

Stephen Van Evera, profesor de relaciones internacionales de la Universidad de Massachusetts, en su artículo “Assesing U.S Strategy in the War on Terror” destaca que la administración de G. Bush ha priorizado una sola dimensión de la guerra contra el terrorismo islámico: la campaña ofensiva contra Al Qaeda, siendo la invasión en Afganistán su principal indicador.

Este tipo de recetas fueron implementadas unilateralmente por la mayor parte de los países occidentales. Sin embargo, también han sido adoptadas y puestas en marcha por organizaciones internacionales. A partir del 2001, se producen modificaciones que flexibilizan los marcos legales de algunas de estas organizaciones en lo en lo referido al uso de la fuerza para el combate del terrorismo internacional.

Este es el caso de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Su  actual estrategia de combate del terrorismo internacional islámico se encuentra, en gran medida, moldeada por los ataques del 11 de Septiembre del 2001. Por un lado, el atentado sentó un precedente en la historia de la organización porque llevó a que se invoque por primera vez el artículo 5 de su carta fundacional, que establece que un ataque armado contra cualquiera de los miembros de la organización será considerado como un ataque contra todos ellos. Por otro lado, se produjo una profunda revisión de la doctrina militar de la organización que incluye cuatro aspectos diferentes de la lucha contra el terrorismo: medidas militares defensivas antiterroristas, medidas militares ofensivas contraterroristas, gestión de las consecuencias de un ataque terrorista y cooperación militar con otras organizaciones internacionales. A partir de ese momento hasta el día de hoy, se priorizan dentro de la organización el uso de medios militares para combatir y prevenir el fenómeno.

Desde el año 2001 hasta el presente, las recetas belicistas  han predominado en el terreno de la lucha contra el terrorismo internacional islámico. Ellas han sido las preferidas de los tomadores de decisiones situados en las “cocinas del poder”, tanto de los países occidentales como de las organizaciones internacionales que estos conforman.

 

III-  Resultados: El horno no está para bollos. El fracaso en los resultados obtenidos

Los resultados arrojados por la puesta en marcha de las recetas belicistas han sido pobres en alcanzar los objetivos que se propusieron. El resultado será una mayor escalada, más inseguridad y una guerra contra el terrorismo internacional islámico que entrará en un círculo vicioso.

Una rápida lectura de periódicos internacionales y revistas especializadas permiten observar que, desde los acontecimientos de Septiembre del 2001 hasta el presente, los atentados terroristas islámicos se multiplicaron como una colonia de bacterias en cultivo a nivel global.

Si bien Estados Unidos no ha vuelto a sufrir ningún otro atentado en su territorio, sí lo han hecho algunos de sus aliados que han contribuido en la lucha contra el fenómeno. A los atentados en Nueva York le siguieron: Moscú (2002), Bali (2002), Estambul (2003), Madrid (2004), Beslan (2004), Londres (2005), Beirut (2005), Uzbekistán (2005), Noruega (2011), Paris (2015), Paris (2015),  Bruselas (2015), Niza (2016), entre otros.  De acuerdo a la organización Base de Datos del Terrorismo Global,  los ataques llevados adelante por grupos radicalizados islámicos pasaron de 193 en el año 2001 a 4.936 en 2014.

Tanto los atentados terroristas islámicos como las ofensivas militares por parte de las potencias occidentales continúan estando presentes en la política internacional contemporánea. Mientras que a principios del siglo XXI la amenaza terrorista provenía del grupo Al Qaeda; hoy en día, la encarna el Estado Islámico (EI). Actualmente, Estados Unidos lidera una coalición internacional que ha lanzado una nueva ofensiva basada en el envío de una serie de milicias y aviones bombarderos a la región de Mosul (Irak) y Raqqa (Siria), ciudades en las que el EI lucha por un control total del territorio. Asimismo, hacia principios de 2016, la OTAN manifestó su intención de sumarse a la coalición y colaborar con la causa.

Paralelamente, en términos de resultados, se observa un crecimiento de los grupos islámicos radicalizados. Este crecimiento se refleja en tres variables: cantidad de personas reclutadas, posesión de armas de guerra y aparato logístico. Cada vez son más las personas que se suman al Estado Islámico. Su capacidad para reclutar seres humanos de distintas partes del mundo es una cualidad que ha crecido de manera notoria desde su gestación hasta el presente. Por otra parte, el grupo terrorista ha logrado aumentar su tenencia de armas de fuego y mejorar su despliegue logístico, lo que le permite contrarrestar las estrategias militares de los países y organizaciones que buscan su erradicación.

La implementación de recetas bélicas sumado al crecimiento de los grupos terroristas radicalizados llevó a que los países y organizaciones adopten políticas de rearme y se multipliquen las muertes a nivel mundial. De acuerdo a Base de Datos del Terrorismo Global, la cantidad de muertos pasó de 3.883 en el año 2001 a  26.398 en 2014. Como señaló Donald Trump en su discurso de campaña presidencial 2016 “Después de 15 años de guerras en Oriente Medio, billones de dólares gastados y miles de vidas perdidas, la situación es peor que lo que había sido nunca hasta ahora. Este es el legado de Hillary Clinton: muerte, destrucción, terrorismo y debilidad”.

Como corolario, los resultados arrojados por la implementación de las tradicionales recetas militares indican la necesidad de cambiar la estrategia de combate. Urge el diseño de una nueva receta para lidiar con el terrorismo internacional islámico, en la que el  elemento bélico ya no sea su ingrediente principal, sino un condimento más de una estrategia con un perfil totalmente diferente. En este sentido, la siguiente y última sección del presente artículo tiene el propósito de plantear una hipótesis respecto de porqué han fallado las recetas implementadas hasta el momento y sugerir un “nuevo ingrediente” a tomar en consideración cuando se  acuerde el diseño de una nueva estrategia antiterrorista.

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IV- Problemas y significados: Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo. Nuevo ingrediente, nueva receta

Como se mencionó en la introducción, a la luz de los resultados observados, los interrogantes inmediatos que vienen a nuestra mente son: ¿Porque las recetas para erradicar el terrorismo internacional desde el 2001 hasta el presente han arrojado resultados tan pobres? ¿Porque el fenómeno se ha exacerbado en los últimos años? ¿Será que existe otra manera, con el foco puesto en un lugar distinto, de pensar el abordaje del fenómeno?

En el presente artículo se propone una visión diferente a la tradicional: comprender el atentado terrorista desde una óptica en donde se tome en consideración el sistema de creencias de la contraparte. Es decir, estudiar el terrorismo internacional islámico teniendo presente cuales son los fundamentos ideológico-religiosos sobre los que se sustenta su accionar. Los fundamentos ideológico-religiosos del Islam, contenidos en el Libro Sagrado o Corán,  proveen de una herramienta útil para comprender el porqué de los atentados. La hipótesis básica es que práctica terrorista se construye y justifica a partir de una particular lectura que estos grupos radicalizados hacen de las tradiciones islámicas. A su vez, la incorporación de este “nuevo ingrediente” permitiría la formulación de nuevas recetas para lidiar con el fenómeno de cara al futuro.

En principio, es necesario tener presente una cuestión de suma importancia: No tomar como conceptos unívocos el Islam y el terrorismo. Si bien los practicantes de este último se autodefinen como islámicos, el Islam no preconiza el terrorismo.

Un primer concepto arraigado en la matriz religiosa sobre el que se apoya el accionar de estos grupos radicalizados es el de  Jihad, la lucha en defensa de la comunidad islámica (Umma). De aquí el término “jihadista” o “Jihadismo” para referirse a aquella rama más radicalizada y extrema del movimiento islamista. Los países que han sido blancos del terrorismo internacional islámico desde el 2001 hasta el presente poseen un elemento en común en materia de política exterior: todos ellos han  intervenido directamente en los asuntos internos de la región islámica.  De esta manera, los atentados podrían ser leídos como una respuesta a la política agresiva e intervencionista en la región. La Jihad se despliega en el terreno exclusivamente defensivo; en defensa de la Umma.

Asimismo, la Jihad no sólo puede comprenderse en función de la percepción de que la Umma está siendo amenazada, sino también de que esa amenaza proviene de actores “impíos”. En el sistema de creencias del Islam, el impío es aquél que no predica la Fe islámica, no la respeta e incluso la ofende, lo que lleva a que deba ser condenado a muerte. Las ofensas a la Fe islámica por parte de las potencias occidentales han estado presentes y ligadas a los atentados terroristas del siglo XXI. Recordemos el atentado en Paris (2015), pocos días después de que la famosa revista Charlie Hebdo ridiculizara internacionalmente la imagen de Mahoma.

El otro concepto pilar del Islam es el de Tarwhid, que hace referencia a la integralidad de las distintas esferas de la vida: cultura, religión, ideología, economía y política. En esta visión integral de la vida, de congruencia de diferentes esferas, la religión es el eje articulador de todas las demás. Sin embargo, se entiende a la religión en unión directa con la esfera política. Para el Islam, la política y la religión van unidas. La política es entendida como un elemento inseparable de la Fe. Cada una de ellas se comprende en función de la otra.  La figura de Mahoma cristaliza esta unión, al ser no sólo una autoridad religiosa (profeta), sino también un jefe político. De esta manera, el  Estado Islámico (ISIS) que surge a principios del siglo XX lo hace en respuesta a una necesidad de reunificar política y religión (establecer un nuevo califato), así como también las demás esferas de la comunidad islámica, con el objetivo último de alcanzar la integralidad o Tarwhid.

Como conclusión,  al tomar en cuenta este nuevo ingrediente a la hora de pensar en políticas públicas para lidiar con el terrorismo internacional islámico, una “nueva receta” emerge como posibilidad real de cara al futuro. Disminuir el despliegue de una política exterior agresiva hacia la región podría resultar una estrategia eficaz en el largo plazo. La implementación “a fuego lento” de esta nueva receta arrojaría resultados mucho más alentadores que los obtenidos hasta el momento, a partir del uso y abuso de las recetas tradicionales. La Umma no se percibiría como amenazada y, por lo tanto, no habría necesidad de defenderla a partir de la utilización del terror.

 

Por Lic.Bernardo Dall´Ongaro

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