Gano Mauricio Macri, comienza una etapa diferente en Argentina

El nuevo presidente de la Argentina, ingeniero de 56 años hijo de Franco Macri, un empresario que fue poderoso durante la última dictadura militar y en la década de los 90´s. Comenzó su vida pública como responsable en las empresas de la familia, dónde no le fue bien y cobró fama propia cuando dirigió el Club Atlético Boca Juniors, llevando al club a lo más alto a nivel internacional, cuidando la economía y trabajando fuerte en la formación de jugadores propios de las inferiores.

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A pesar de sus peleas con la celebridad histórica del equipo, Diego Maradona -“Con Mauricio Macri jamás tuve una buena relación”, dijo el futbolista; “Macri tiene menos calle que Venecia”, abundó-.

 

Sus críticos lo ubican a la derecha, como un representante típico de la alta burguesía, un rico formado en los claustros pagos (la Universidad Católica Argentina), defensor del libre mercado, que se dispone a eliminar los programas sociales, recortar gastos, imponer la austeridad fiscal y someterse a las imposiciones de los acreedores internacionales. En suma: alguien que ha de retrotraer el país a los términos que lo condujeron a la crisis de 2001.

 

Sin embargo Macri, el primer hombre que llega por las urnas a la presidencia de la Argentina sin pertenecer a ninguno de dos partidos que dominaron la política por más de un siglo, le ha hecho fintas a esas definiciones de conservador.

 

Su formación de origen, Propuesta Republicana, conocida simplemente como PRO, elude las definiciones simplificadoras. Es un fenómeno complejo surgido de la crisis de 2001, donde se reúnen figuras políticas de los partidos tradicionales -el peronismo y el radicalismo-, más la derecha democrática (en oposición a la más habitual en la Argentina: la autoritaria), nuevos elementos surgidos de los think tanks y el universo de las organizaciones no gubernamentales y el voluntariado.

 

Gente decepcionada de una dirigencia que había dejado el país al borde de un abismo. Gente que escuchaba con preocupación el mensaje de la ciudadanía argentina para esos funcionarios: “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. Gente común que “se metió en política”, como insistía en definir Macri. Y a la cual él supo unir y articular en equipos que, mediante la discusión no siempre formal, aprendieron a generar consensos con criterios pragmáticos para gestionar la Ciudad de Buenos Aires, primero (Macri ha sido alcalde durante dos periodos), y luego avanzar hacia la Presidencia de la Argentina.

 

“PRO cobija a políticos viejos y a nuevos, a expertos de fundaciones y a militantes territoriales, a empresarios y a voluntarios”, escribieron Gabriel Vommaro, Sergio Morresi y Alejandro Bellotti en Mundo PRO, libro que cuenta la historia de la agrupación multiforme que acaba de derrotar al kirchnerismo, la fracción que controló el peronismo desde 2003. “Es un partido de la época crítica de los partidos, que se presenta como la fuerza de aquellos que se meten en política, aunque la mitad de sus cuadros proviene de familias politizadas y cuenta con una historia de militancia previa”.

 

Los autores han caracterizado el estilo de PRO como algo bastante típico de la Argentina, aunque no lo parezca en la superficie: una fuerza heterogénea amalgamada por un liderazgo fuerte.

 

Luego de trastabillar con su primera coalición electoral, y perder las elecciones en la Ciudad de Buenos Aires en 2003, Macri logró la alcaldía en 2007 como líder de PRO, y fue reelecto en 2011. Su partido también gobernará la ciudad en los próximos cuatro años: Horacio Rodríguez Larreta, ex jefe de Gabinete de Macri, ganó el voto de los porteños.

 

El partido caracterizado por el color amarillo echó raíces en la capital argentina, pero las provincias requirieron otro enfoque. Se hicieron alianzas con grupos conservadores regionales y con la Unión Cívica Radical (movimiento de centro, de origen populista y perfil socialdemócrata) y se sumaron figuras populares como el actor Miguel Del Sel o el ex futbolista Carlos Mac Allister. Con esos pasos, PRO comenzó a convertirse en el núcleo de Cambiemos, la fuerza que sucederá en la Casa Rosada al Frente para la Victoria (FPV) kirchnerista.

 

Aunque durante el debate del domingo 15 de noviembre -otro hecho histórico en la Argentina, como el ballotage- reconoció el valor de algunos planes sociales y la administración estatal de los fondos de los jubilados, actos del gobierno saliente, Macri tiene un origen ideológico en los estudios del neoliberalismo. Las posiciones que sostiene son opuestas a las de Cristina Kirchner.

 

Por ejemplo en temas como las alianzas regionales: es improbable que mantenga el apoyo argentino actual a Ecuador, Bolivia y Cuba. Ya propuso la expulsión de Venezuela del Mercosur -lo cual causaría roces con Brasil-, exigió la libertad de Leopoldo López y se presentó como lo opuesto a la revolución bolivariana. Dijo que representa “el desarrollo del siglo XXI”, en lugar del socialismo del siglo XXI.

 

Macri prometió recuperar la inversión extranjera, lo cual requerirá ajustar el tipo de cambio (la relación del peso con el dólar varía casi en un 70% entre el oficial y el libre) y dominar una inflación que erosionó muchos de los beneficios económicos que se habían establecido desde que en 2003 comenzó la era kirchnerista, tras la crisis que en 2001 terminó con el gobierno de Fernando de la Rúa. También tendrá que resolver los conflictos con los tenedores de bonos -los “fondos buitres”- y recuperar la confiabilidad de las estadísticas económicas, vulneradas durante los últimos años para que la realidad cuadrara con el discurso.

 

Telesur denunció que en 2009 Macri pidió ayuda al gobierno de los Estados Unidos contra el FPV; la prensa oficialista chavista destacó que como jefe de Gobierno de Buenos Aires triplicó la deuda externa de la ciudad (y se preguntó por la proyección nacional de esa forma de administración) y aseguró que al eliminar los impuestos a la exportación de soja dejaría de pasar a las provincias fondos imprescindibles.

 

Hace pocos meses atrás nadie en Argentina imaginaba el hecho, por demás normal en otros lugares, de que un mandatario de una orientación política cediera la banda presidencial a una figura de otra ideología. En particular, dada la retórica encendida de Cristina Kirchner y el peso territorial de la campaña electoral del FPV, resultaba inverosímil que Scioli no ganara. Y sin embargo, el 10 de diciembre la Presidente le entregará los atributos del poder al opositor Mauricio Macri.

 

Pero ganar una elección no es tan complicado, con el apoyo de los grupos masivos de comunicación internacional, los empresarios locales y asesores que dicen lo que el pueblo quiere oír. Lo difícil es gobernar un país grande, heterogéneo, con problemáticas desiguales y que necesita de firmeza y alianzas estratégicas para ser gobernado con éxito durante unos años.

 

Macri prometió mantener lo bueno que había hecho el Kirchnerismo y gobernar en paz, con diálogo con las otras fuerzas y otorgando créditos para viviendas, generando puestos de trabajo, y que el Estado no sea ocupado por militantes políticos. Quedará ahora ver y analizar si cumple con estas promesas de campaña, por el bien de los Argentinos.