El Café Margot (Buenos Aires, Argentina)

Nunca mejor puesta la designación de pasaje:  uno atravesaba  una  callecita  llena  de  promesas  que   concluía  en  Boedo,  avenida tan ancha y llena de vida.  Algunos años más tarde aquel nombre reso-naría  como  barrio  obrero,  morada de tangueros, proclamas  anarquistas  y artistas de vanguardia. Hoy,  si se le pregunta a algún vecino,  no duda en enumerar  entre  los  emblemas  del  barrio al Café Margot y su tradicional sandwich de pavita al esca- beche.

7df750fecaf331b47c41e30ed7ec95a5_resized

 

Valoramos el mantenimiento y respeto de las buenas costumbres, creemos que las despensas, el mercado del barrio, el café, no deben dejar de existir a manos de cadenas de negocios industrializados extranjeros. Este Café es un buen ejemplo de la importancia de seguir cultivando las amistades y charlas en estos agradables reductos vecinales.

620_480_020margotcafe

 

En 1904, cuando el constructor Lorenzo Berisso inauguró el edificio que hoy aloja al Café Margot, el pasaje todavía se llamaba Camio. En 1905 lo rebautizaron como San Ignacio y desde entonces esa esquina que supo hacer del café un estilo de vida, albergó a uno y mil establecimientos dedicados a la gastronomía. La bombonería de Roses, uno de los más recordados, llega a fines de los años ’20 con su fábrica y local abierto al público. Mientras sus dulces deleitaban a las señoras del barrio, los artistas del Grupo de Boedo se congregaban por allí haciendo de las suyas: el manifiesto, ese género genial que tanto renombre tenía en Europa, también funcionaba en estas tierras del sur.

e8dfdf5f77ebaa56e8be99f213128f9b_resized

La Editorial Claridad, ubicada en Boedo 837, fue sede de la melancolía intelectual que identificaba al grupo, cuya premisa era la búsqueda y creación de formas artísticas de vanguardia. Algunos de los nombres de aquellos días son Roberto Arlt, Alfredo Palacios, Héctor González, Raúl González Tuñón y Adolfo Bellocq. En 1939 Berisso fallece y el edificio comienza a pasar de mano en mano, reinventándose cada vez con distintos dueños y proyectos.

a31129d140d8ff5e7324b32c25ce3d81_resized

En 1940, Don Gabino Torres y Doña María inauguran en Boedo y San Ignacio la Confitería Trianón, que luego de una larga estadía se muda a mitad de cuadra. En 1986 el restaurante Canovra toma la posta en la esquina, pero goza de una suerte mezquina, ya que un año más tarde el edificio recibe a sus nuevos moradores, dueños de una fábrica de pastas de tradición italiana: Lo Pienso Io.

7677602004_dfed3a46e9_b

Después de casi 90 años y el paso de tantos comercios, el edificio sufrió algunas alteraciones en su arquitectura, pero siempre respetando la idea original de Berisso.  Para el vecino o el habitué del barrio, las sucesivas transformaciones de la mítica esquina se hacían notar: a veces eran recibidas con júbilo y otras sin mucho interés. Un atento seguidor de todas ellas fue el empresario gastronómico Pablo Durán. Su padre, el gallego inmigrante Don Julio Durán (fundador del Bar Hipopotamus, hoy Hipopótamo), fue quien lo inició en los oficios del bar. Al llegar de España comenzó su carrera como proveedor de hielo del Trianón y terminó siendo un gran amigo de sus dueños, Doña María y Don Gavino Torres. Pablo, siempre ligado al rubro gastronómico, mantuvo su promesa de volver a esa esquina para quedarse. En 1993, finalmente, abre junto a su hermano Julio las puertas del Café Margot y lo convierte en un clásico porteño que supo inmortalizarse con un clásico de Boedo: el sandwich de pavita al escabeche, cuya receta fue entregada por Doña María y Don Gavino Torres en un generoso homenaje a la amistad sostenida durante tantos años con Don Julio.

65787efcaee9b6daa277215d0e2862e0_resized

El café fue poblándose de vecinos y antiguos habitúes de los otros establecimientos que vivieron en esa esquina. Comenzaron a gestarse grupos de poesía, escritura, pintura y tango. La biblioteca abierta al público que invita a la lectura en la trastienda de Margot es otro de los grandes atractivos del café, que también cuenta con una asociación en su honor: Amigos del Café Margot.    Muchas son las anécdotas que se oyen sobre la esquina de Boedo y San Ignacio.

76d4c37f32878f404ce9643016a0c37e_resized

Están los que dicen haber participado de los mítines socialistas organizados por Alfredo Palacios (el abogado que  en su chapa profesional puso: Atiende gratis a los pobres). Están también quienes aseguran que en una ocasión el General Perón desvió su comitiva para comer un sandwich de pavita y todos los que juran haber estado sentados al lado del Mono Gatica, que siempre llegaba montado sobre su Cadillac rojo convertible. Lo cierto es que es la esquina misma la que atesora las genuinas  memorias que vieron envejecer a ese edificio inmortal de Lorenzo Berisso.

9be65a6301f4f68f478f3b5908cfedd0_resized

 

Quien recale en el Café Margot en busca de algún rastro de aquella mujer que Celedonio Flores hiciera letra, se encontrará con algo un tanto diferente: el ejercicio infatigable de acudir al café cada mañana, de leer el diario con el mismo rayo de sol penetrando desde la misma ventana (los habitués se apropian de ciertos espacios…), de pedir siempre lo mismo con un gesto corporal (¿o acaso necesitaría el mozo preguntarlo?), de alejar el diario, beber la borra del café y recostarse en la silla para divagar mientras se mira el paso de la gente apurada, que apenas nota esta esquina.

cafe marg